jueves, 11 de febrero de 2010

El aprendizaje es un concepto esencial para el desarrollo humano y espiritual. El conocer los beneficios y perjuicios de según qué actos, el conocer el modo de crear belleza, conocer el modo de actuar, donde está el bien y donde el mal. Es un modo fácil y seguro de adquirir experiencia en cualquier campo. Pero esta, la experiencia jamás es sustitutiva porque, como dices, el hombre es creativo.

Ahora bien, esos "gigantes", definitivamente tendrían puntos de referencia, alguien en quien fijarse. Quién sabe si se hicieron alguna vez las mismas preguntas que tu y yo nos planteamos. Sin duda antes que ellos tuvo que haber alguien más que les sirviera a ellos mismos de maestros, que les enseñaran el modo de pensar, el modo de razonar, el modo de vivir. Quizás no fueron grandes literatos, ni fantásticos artistas! si no grandes amigos, y maravillosos padres.

De cualquier modo, está claro que no todo aprendizaje proviene de las personas o de los escritos. La verdad no siempre se encuentra encerrada en estos lugares fácilmente accesibles a todo el mundo. A veces la capacidad creadora o creativa del hombre no viene como mimesis de los demás si no de nosotros mismos. En nuestros corazones hay algo de creativo. Sin ese corazón ni el escritor, ni el pensador, ni el artista pueden desarrollar ni su técnica ni su razón. Sin ese corazón no hay forma de conocer, del mismo modo que sin la razón no podríamos ni interpretar al corazón ni manejar lo que él nos dice.

De esta forma no está claro que el hombre sea creador. ¿Es creador o observador? ¿Creamos o describimos sentimientos y realidades tangibles que, modificadas o no por nuestra percepción, van aproximándose más a la verdad y a la belleza con cada paso que damos en nuestro aprendizaje? Es obvio que no todo el mundo es capaz de aproximarse al conocimiento de esta verdad y esta belleza, ya sea por un conocimiento limitado o por un error en su interpretación. Pero, sin embargo, todos participamos de ella y todos somos parte de ese saber y de ese sentir que constituye la cultura. Incluso el más pequeño de nosotros influye en ella para bien o para mal; con su sentir y con su pensar. Todos aportamos al saber humano de forma directa o indirecta, en mayor o en menor medida.

Entonces, en el ámbito personal, ¿qué nos hace sentir y pensar? ¿Qué nos hace actuar? ¿Qué nos hace influir? ¿Qué nos hace crear? El escritor siente la necesidad de escribir, el pintor de pintar, el músico de componer y el niño de reír, de jugar o de llorar. Algo en nuestro interior nos provoca una necesidad de expresar nuestras ideas, nuestros pensamientos, nuestras alegrías o nuestras preocupaciones.  Son necesidades espirituales, son percepciones que no siempre vienen del conocimiento del medio en el que nos encontramos si no que vienen de dentro. En numerosas ocasiones son pensamientos e inquietudes causa de nuestro entorno pero que van más allá de lo material y de lo superficial. Es un soplo que nos da el corazón, un toque de atención de nuestra conciencia y que, a veces, nuestra razón no es capaz de procesar con total precisión y otras da pie a razonamientos sublimes y a darnos cuenta de una verdad trivial que antes parecía inalcanzable. Podríamos decir que viene de una parte de nosotros que no conocemos bien pero que quizás sea parte de ese foco de inspiración que los artistas llaman "musa". Quizás ese mensaje, medio oculto en nuestro corazón entre pasiones y superficialidades, entre cosas materiales y egoísmo, provenga de algo más grande y más excelso. Quizás Él esté dentro de nosotros o nosotros dentro de Él. Quizás provenga de la Verdad misma. Lo que está claro es que ese sentir, esas palabras que vienen de dentro pero que no son nuestras, es una de las fuentes de conocimiento a partir de la cual nosotros interpretamos, conocemos y creamos. Yo, personalmente, a Él, lo llamo Dios.